Los móviles tienen cámaras cada vez más potentes, la inteligencia artificial te edita las fotos en un clic, y hay filtros para convertir cualquier churro en algo «decente». Pero, amigo, eso no te hace fotógrafo. Igual que tener un destornillador no te convierte en mecánico.

Aquí es donde muchos negocios la cagan. Creen que, porque su iPhone tiene tres cámaras y el «modo retrato» les saca con un desenfoque guay, ya pueden hacerse las fotos de su marca. Y así es como acabamos viendo restaurantes con fotos de hamburguesas que parecen sacadas con una Game Boy, tiendas online con productos mal iluminados y empresas «serias» con retratos en los que parecen sospechosos de la Interpol.
Ser fotógrafo no es apretar un botón. Es entender la luz, la composición, el color, la narrativa visual. Es saber cómo hacer que un producto brille, que una persona transmita confianza, que una imagen cuente una historia. Es una mezcla de técnica, visión y experiencia que ningún móvil, por muy caro que sea, puede sustituir.

Si quieres que tu marca destaque, que tus productos luzcan impecables y que tus clientes vean profesionalidad en cada imagen, necesitas a un fotógrafo de verdad. No a tu cuñado con su último Samsung ni a tu colega que «tiene buena mano para Instagram».
Porque la imagen de tu negocio no es un juego. Es la primera impresión que das. Y si esa impresión es cutre, prepárate para que te tomen igual de en serio.
Así que ya sabes: deja el móvil para los selfies y contrata a un profesional.
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